Si no les hubiera bastado la trilogía, aquí tienen el cuarto capítulo de la saga Vomit Gore: "Black Mass of the Nazi Sex Wizard". La edición del DVD, distribuida por la austriaca Black Lava Enterteinment, se presenta en una caja muy cuidada que sin duda hará felices a los coleccionistas. A pesar de que está concebido y presentado como un prequel, en realidad este nuevo episodio puede verse como una ramificación o continuación de la trilogía, la cual carece de una progresión narrativa y de una trama, en su acepción tradicional. Por propia admisión del director, sus películas se apartan del significado clásico de cine para abrazar un proceso de desintegración cinematográfica dominado por una discontinuidad espacio-temporal destinada a representar la destructiva condición humana (conceptos que recuerdan al satanismo laveyano y que Valentine ama fusionar con los principios de la mecánica cuántica).
Un obstáculo no de poca importancia para el espectador, pero esencial para la identidad simbólica de la obra. La gran ausente de este nuevo proyecto es Ameara LaVey, musa inspiradora del Rey del vómito y su compañera de vida en los tiempos del primer "Slaughtered Vomit Dolls", una especie de documental filmado íntegramente con cámara en mano que da testimonio de un período particularmente oscuro —hecho de bulimia, alcohol y drogas— de la actriz porno. El personaje de Ameara toma el nombre de Angela Aberdeen, una chica que de pequeña sufrió abusos sexuales y que, una vez crecida, se refugia en un mundo de excesos y prostitución. En este descenso a los abismos, la mujer conoce a Lucifer Valentine, un amigo imaginario. Las manifestaciones físicas de esta relación, constantemente en equilibrio entre pesadilla y realidad, son inmortalizadas por la cámara dando vida a un viaje infernal. Un viaje que, visualmente, a lo largo de los tres capítulos cambia de forma pero no de sustancia. Tras un estreno decididamente amateur y sucio (y si se quiere más inquietante), Valentine se lanza de cabeza a los territorios del arte más extremo y recargado. Los posteriores "ReGoregitated Sacrifice", "Slow Torture Puke Chamber" y "Black Mass of the Nazi Sex Wizard" conceden, en efecto, amplio espacio a una elegancia formal —desde el uso de las luces, a la escenografía, a la saturación de los colores— destinada a exacerbar la brutalidad (creciente) de los contenidos. Quien conozca las obras del excéntrico director sabe exactamente qué esperar: mujeres desnudas que vomitan, luego vomitan y finalmente vomitan. La pregunta fatídica está a la vuelta de la esquina: ¿cuál es el sentido de mostrar vómitos —riguroso reales— durante más de una hora? Dado que los objetivos del director son difíciles de intuir, para muchos la respuesta es la más simple y lógica: shock por el shock mismo. Visto desde la perspectiva de Lucifer Valentine —emetófilo declarado—, el acto del rechazo gástrico representa una especie de catarsis a través de la cual el sujeto intenta desesperadamente exorcizar la traumática dimensión en la que vive. Una cierta connotación autorreferencial, probablemente inconsciente, influye notablemente en el proceso creativo del director, quien expresa a través de imágenes psicológica y físicamente violentas su personalidad, sin importarle demasiado la opinión del público. La visión de "Black Mass of the Nazi Sex Wizard", a diferencia de los capítulos anteriores, es más tolerable gracias a un montaje menos frenético ("ReGoregitated Sacrifice" es un atentado contra los epilépticos) y a una banda sonora doom y hipnótica, acompañada por la voz distorsionada de los protagonistas, que agudiza la sensación de malestar y extrañamiento. Entre un vómito y otro, aparecen insistentemente fragmentos de concursos de belleza: una condena a esa educación que impone el alcance de cánones estéticos perfectos, causa directa de los trastornos alimentarios (en particular de la bulimia, leitmotiv al que Valentine está muy apegado). Mientras que por un lado vemos a Angela, completamente sumisa a su maestro y devota a las fuerzas del mal, por el otro asistimos a la manifestación diabólica de sus alter egos: mujeres que se mutilan mutuamente y que comen vísceras para luego vomitarlas dentro de la carcasa del cadáver y otras amenidades del mismo estilo.
Los efectos especiales resultan excesivamente plásticos y caseros, pero hacen de todos modos su sucio trabajo. No por casualidad las escenas más fuertes son las reales. Y no podía faltar el mítico Hank Skinny "estómago de hierro", conocido por su habilidad de beber su propio vómito para luego volver a vomitarlo y así sucesivamente (escena que podrán apreciar en "Slaughtered Vomit Dolls"). El efecto impactante, sin embargo, se agota pronto: la repetición de las situaciones anestesia al espectador (cuanto menos al menos impresionable) y el largo metraje termina por tener el efecto contrario al deseado. Creo que la apariencia intelectual y pseudofilosófica que Valentine da al proyecto (suponiendo que en realidad no sea una gran tomadura de pelo) no representa un valor añadido sino un inútil ornamento que encubre una condición sexual no normal (en el sentido estadístico del término) e inevitablemente sometida al juicio moral de quien mira. Razón por la cual se desencadena un mecanismo vicioso que no permite comprender su significado ni mucho menos apreciar la obra por lo que realmente es: un viaje alienante y perturbador en compañía de jugos gástricos, sangre y parafilias. Sin embargo, es una experiencia visual que al menos una vez en la vida todo amante del cine de excesos debería concederse, preferiblemente después de una abundante cena.
Reseña originalmente publicada en el blog M'illumino di Horror
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