Roberto Giacomelli
โขLa película, escrita por Damian Shannon y Mark Swift (¿recuerdan Freddy vs Jason?), podría parecer sobre el papel una parábola social sobre las dinámicas del trabajo, las diferencias de género o la competencia tóxica en los equipos empresariales. Y en parte lo es. Pero Raimi se interesa por algo más universal y, en cierto modo, más cruel: el poder es siempre relativo. Quien manda en una situación puede volverse inmediatamente inútil en otra. El mundo está lleno de leones y corderos, pero basta con cambiar de escenario para que los roles se inviertan. Linda es un cordero en la oficina, pero en la jungla se convierte en el depredador. Y Bradley, tan seguro de sí mismo con su traje y corbata, se descubre de repente frágil, dependiente, perdido.
Pero Send Help no sería una película de Sam Raimi si se limitara a esto. De hecho, es precisamente cuando la situación se vuelve más desesperada que emerge con fuerza toda su poesía. La película se desliza progresivamente hacia lo grotesco, en una escalada de violencia, splatter y situaciones al límite del absurdo, donde el drama y la comedia terminan por fundirse en algo que se asemeja a un dibujo animado en carne y hueso. Exactamente como sucedía en Drag Me to Hell, solo que aquí no hay lo sobrenatural: el horror nace todo de los cuerpos, del hambre, de la sed, del miedo y, sobre todo, de la desesperación de las personas.
Raimi, luego, se divierte abiertamente autocitándose, transformando la película en una especie de suma de su imaginario. La protagonista se llama Linda, como la novia de Ash en La Casa 2. Bruce Campbell aparece en su habitual y delicioso cameo, en el papel del (difunto) padre de Bradley Preston: atención a las paredes de su oficina. El colgante que Linda lleva puesto recuerda mucho al que Ash le regalaba a su Linda. En una secuencia onírica aparece una criatura que remite claramente a los demonios kandarianos, y no falta tampoco la famosa subjetiva que se desliza entre los árboles. Es un juego cinéfilo que nunca pesa en la película, sino que la enriquece, regalando al espectador apasionado una serie de guiños irresistibles.
En cuanto al reparto, Rachel McAdams es simplemente perfecta. Construye una Linda compleja, creíble, que pasa de ser una víctima silenciosa a una líder durísima sin perder nunca su humanidad. Dylan O'Brien, por su parte, interpreta un personaje voluntariamente antipático, predecible en sus egoísmos y mezquindades, pero lo hace con gran profesionalidad y con un timing cómico que funciona.
Por supuesto, no todo es impecable: a veces la película parece indulgar demasiado gratuitamente en su gusto por el exceso (la escena del vómito, por ejemplo), y hay constantemente (quizás voluntariamente) una sensación de "falso" en el aire, poco creíble. Pero son pecados veniales en una obra que tiene el enorme mérito de volver a la pantalla a un Sam Raimi finalmente libre, divertido y divertido, salvaje y grotesco como en sus mejores tiempos.
Send Help es, en definitiva, un regreso a los orígenes que no sabe a operación nostalgia, sino a un placer auténtico de hacer cine. Y nos recuerda, una vez más, por qué al menos dos generaciones de espectadores crecieron en el mito del cine de Sam Raimi.
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