Roberto Giacomelli
•El found footage fue, a principios del tercer milenio, la mayor revolución lingüística del cine de terror. Después de que The Blair Witch Project reescribiera en 1999 las reglas del miedo, fue Paranormal Activity la que lo transformó en un fenómeno de masas y Cloverfield la que lo llevó a escala de blockbuster. Desde entonces, el género se ha desgastado, reinventado, contaminado… hasta convertirse en un conjunto de herramientas integrables en el cine de terror más tradicional. Shelby Oaks – El nido del mal, debut en largometraje de Chris Stuckmann, parte exactamente de estas sugerencias pero las fusiona con la nueva gran tendencia contemporánea: el true crime, combustible de gran parte de la oferta de las plataformas de streaming. Una hibridación que parece la dirección más natural para un terror actual, y sin embargo Shelby Oaks sorprende porque esa referencia es solo un cebo: después del primer cuarto de hora de mockumentary, la película cambia de piel, abandona la estética del falso reportaje y se dirige hacia el terror ficticio clásico, manteniendo sin embargo la impronta de "misterio investigativo" que le da identidad.
La trama gira en torno a Mia (Camille Sullivan), una mujer obsesionada con la desaparición de su hermana Riley (Sarah Durn), una de las componentes del grupo "Paranormal Paranoids", una banda de "cazadores de lo paranormal" que se había construido un pequeño culto en la web. Después de muchos meses desde la desaparición de Riley y sus compañeros, surgen de repente nuevas pistas a través de un misterioso vídeo grabado en la ciudad fantasma de Shelby Oaks; así que Mia decide reconstruir los últimos movimientos de su hermana, convencida de que la desaparición de Riley está ligada a una misteriosa entidad que la persigue desde la infancia.
La mayor fuerza de Shelby Oaks es precisamente la mezcla entre la investigación lógica y la deriva sobrenatural. Stuckmann – que escribió la película con su esposa Samantha Elizabeth y la financió mediante crowdfunding en Kickstarter, antes de que Mike Flanagan interviniera como productor ejecutivo – demuestra un notable sentido de la puesta en escena del terror, construyendo algunas secuencias realmente memorables. Los juegos con la oscuridad, el "veo-no veo", la cámara colocada en puntos estratégicos para aprovechar los espacios muertos del encuadre llevan a dos o tres momentos de auténtico terror. No el susto fácil, sino ese tipo de inquietud que nace cuando la percepción se resquebraja y el espectador recibe indicios para entender qué está pasando.
La parte más débil es, en cambio, la escritura. Stuckmann intuye una mitología interesante pero no siempre la profundiza: ciertas dinámicas respecto a la entidad conocida como Tarion y el culto que alimenta quedan vagas, algunos personajes entran y salen sin marcar realmente y el final llega de manera demasiado brusca. Es como si la película tuviera miedo de explicar demasiado y, al mismo tiempo, dijera de todas formas más de lo debido con concesiones no solicitadas al sensacionalismo visual. El resultado es un cierre rápido generado por influencias cinefílicas evidentes (¿alguien ha dicho Rosemary's Baby y Omen – El presagio?), que no dan tiempo al espectador de asimilar realmente los giros argumentales.
En definitiva, Shelby Oaks – El nido del mal es un terror imperfecto pero efectivo, hijo de un cine que vuelve a poner en el centro lo perturbador más que el jumpscare fácil. Le falta cohesión narrativa y un final realmente satisfactorio, pero cuando decide pisar el pedal del miedo, Stuckmann demuestra un talento notable en construir la atmósfera e infundir temor.